JONATHAN GEISLER, profesor de anatomía en el Instituto de Tecnología de Nueva York, descubrió que hace 28 millones de años, un ancestro de las marsopas, orcas, delfines y, en general, ballenas dentadas, contaba con un sistema sensorial que le permitía emitir ondas sonoras, e interpretar los ecos, cuando rebotan en los objetos de su entorno, es decir, una especie de “biosonar”.
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Así lo señala la revista “Nature”, que añade que GEISLER, en colaboración con expertos del Colegio de CHARLESTON y de la Universidad de Texas, en Austin, llegó a esta conclusión tras examinar los fósiles de un cetáceo extinto, poco mayor que un delfín, conocido como COTYLOCARA MACEI.
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Los científicos añaden que el registro fósil muestra que a partir de ese momento se produjo un aumento progresivo en el tamaño y complejidad de los músculos y sacos aéreos nasales que controlan el mecanismo que genera los sonidos.
Esto, añaden, ocurrió cuando los cetáceos estaban diversificándose en lo que se refiere al tamaño relativo del cerebro, y su forma de alimentarse
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COTYLOCARA MACEI poseía unas características únicas, como una profunda cavidad en la parte superior de la cabeza, que podría haberle servido para reflejar los sonidos, y una estructura ósea en forma de disco alrededor de las aperturas nasales que mejoraría su sonar natural”, señala Geisler.
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