Orgullo y hermandad mexicana frente a la crítica

México debe estar profundamente orgulloso de quien es, de sus raíces y de su peso en el mundo. Aunque en el ecosistema de las redes sociales ciertos sectores, y en especial comunicadores como el periodista argentino Eduardo Feinmann, intenten demeritar o “funar” a nuestra nación, la realidad demográfica, histórica y humanitaria de México es un gigante imposible de tapar con un dedo.
De entrada, la disparidad numérica es abrumadora: somos una potencia de más de 130 millones de mexicanos frente a una población de aproximadamente 46 millones en Argentina. Intentar una batalla cultural o una “funa” digital contra México es un error de cálculo matemático; el volumen, el ingenio y la fuerza de la comunidad mexicana en redes es un tsunami que simplemente no pueden comparar ni contener.
Sin embargo, la verdadera grandeza de México no se mide en el eco de las redes sociales, sino en los hechos. A lo largo de la historia, nuestro país ha demostrado con acciones, y no con palabras, su espíritu de fraternidad. Mientras algunos conductores de televisión se dedican a la crítica desde el micrófono, la realidad es que México ha sido el refugio histórico de miles de argentinos. Desde las épocas oscuras de las dictaduras militares en el Cono Sur hasta las recurrentes crisis económicas, nuestra nación les ha brindado la hospitalidad, el empleo y el hogar que necesitaban. Se estima que el equivalente a un porcentaje muy significativo de su población (un flujo constante que representa el rostro de la migración sudamericana) ha echado raíces en suelo azteca, se estiman unos 100 mil argentinos han encontrado aquí una patria generosa que los recibió con los brazos abiertos.
Nuestra reputación internacional se ha ganado a pulso en el terreno de los hechos, siendo los primeros en responder con brigadas de rescate y víveres ante desastres naturales en cualquier nación hermana, sin pedir nada a cambio.
Esta dualidad entre nuestra paciencia cotidiana y la fuerza arrolladora con la que respondemos cuando se nos provoca o cuando la adversidad nos llama, fue magistralmente retratada por nuestro Premio Nobel de Literatura, Octavio Paz, en su obra cumbre El laberinto de la soledad:
“El mexicano se me aparece como un ser que se encierra y se preserva… Pero en las grandes crisis, esa reserva estalla; nos abrimos al mundo en una comunión que nos hermana.”
Esa misma comunión es la que nos hace salir a las calles a levantar escombros, la que nos une para defender nuestra bandera en el extranjero y la que nos permite mirar de frente a cualquier crítica con la frente en alto. El mexicano no le teme al debate ni a la fatalidad; como bien añadía Paz sobre nuestra peculiar forma de plantarle cara a la vida y a sus dificultades:
“Para el habitante de Nueva York, París o Londres, la muerte es palabra que jamás se pronuncia porque quema los labios. El mexicano, en cambio, la frecuenta, la burla, la acaricia, duerme con ella, la festeja; es uno de sus juguetes favoritos y su amor más permanente.”
Por eso, ante la opinión de cualquier conductor o las provocaciones en plataformas digitales, México se mantiene firme. Somos un país que ha resistido invasiones, que ha levantado sus propias ciudades de los terremotos y que sigue alimentando al mundo con su cultura. Nuestro orgullo no se alimenta del conflicto, sino de la certeza de saber que, cuando el mundo ha necesitado un hermano, México siempre ha dicho presente.

EXPERIENCIA GASTRONÓMICA