Durante mi viaje a Valladolid, Yucatán, tuve la oportunidad de visitar la “Casa de los Venados”, una impresionante casona colonial con más de cuatrocientos años de historia y 1,700 metros cuadrados de arquitectura restaurada. Desde el momento en que crucé el umbral, me di cuenta de que cada rincón se vestía de México en sus múltiples formas, esculturas, artesanías, cojines y pinturas, resguardando una vibrante colección de más de 3,000 piezas de arte popular.
Nuestra visita estuvo guiada por Sergio, quien nos acompañó pacientemente a lo largo de los pasillos, patios y habitaciones, describiendo con detalle la historia y la pasión detrás de cada pieza exhibida. Nos explicó cómo sus propietarios, John y Dorianne Venator —un matrimonio estadounidense originario de Oregón y Chicago—, pasaron cerca de diez años restaurando las ruinas de esta casona del siglo XVII para convertirla en su hogar y en el museo privado de arte popular más importante del país.
Caminar por la casa fue un deleite visual constante. En el patio principal, una serena fuente rodeada de macetones de talavera y camastros nos dio la bienvenida. Sergio nos fue guiando por la Casa de los Venados, donde el arte ha despojado a las frías e impersonales vitrinas de su dominio, eligiendo en su lugar habitar con gracia y armonía el corazón palpitante de la vida cotidiana. Entre sus muros no hay distancia entre el espectador y la obra; hay un diálogo constante de colores y formas que despiertan la casa. Es una sinfonía monumental donde conviven imponentes esculturas de gran formato y alebrijes fantásticos, junto a delicadas maderas talladas, vivos grabados, pinturas que murmuran historias y textiles bordados a mano que tejen el alma viva de México.
Caminar por sus patios y pasillos es internarse en un jardín barroco de arcilla y devoción. Allí, entre la luz suave de Yucatán, laten los macetones de fresca talavera, el misticismo del barro negro y el temple de la cerámica de alta temperatura. Muebles amorosamente decorados y mosaicos artesanales custodian el andar, mientras que cada sillón, cama y rincón de descanso ofrece el abrazo tibio de cojines y tapices representativos de toda la República. Cada hilo y cada trazo rinden tributo a la fuerza pura, la sencillez y la verdad del arte popular.
Estas joyas vivas son el fruto sagrado de más de 35 años de viajes e intimidad compartida por John y Dorianne Venator, quienes buscaron mano a mano con los artesanos piezas únicas e históricas —algunas con más de medio siglo de antigüedad— para darles un hogar sin cerrojos. Las habitaciones y suites de la casona se erigen como santuarios donde la majestuosidad del siglo XVII abraza un confort sublime. Sus techos, que se elevan imponentes rozando los ocho metros de altura, invitan a la luz a danzar libremente en un diseño vertical de dos niveles. En la planta baja, una acogedora sala de estar de cálidas texturas recibe al viajero con la elegancia de su baño completo; en la planta alta, suspendida como un secreto en el mezzanine, aguarda la cama principal como templo del descanso, abriendo sus puertas hacia una pequeña y entrañable terraza privada.
Nombres legendarios como la Suite Maya, la Suite Izamal y la Suite Valladolid no son meras denominaciones, sino refugios con identidad propia. En ellas, el mármol local pulido al tacto convive en perfecta comunión con la aspereza ancestral de los muros de piedra colonial y pinceladas decorativas inspiradas en el espíritu desbordante de Yucatán. Al cruzar sus umbrales, el interior se disuelve dulcemente hacia el exterior: los aposentos conectan con pasillos de piedra centenaria, terrazas bordeadas de sombra y un patio central donde la vegetación abraza la piscina y el jacuzzi, invitando al cuerpo y al espíritu a rendirse bajo el cielo maya.
Aprendimos también que las visitas tienen diferentes horarios y que las donaciones recaudadas en los recorridos (con un mínimo sugerido) se destinan a causas benéficas locales, como la Clínica San Lucas y proyectos de salud auditiva para niños. Saber que este espacio apoya activamente a la comunidad de Valladolid y que su legado perdurará a través de una fundación hizo que la experiencia fuera aún más significativa. Sin duda, fue una vivencia inolvidable donde el arte, la tradición y la generosidad se unen en un solo lugar.
Visítala en Calle 40 No. 204 x 41. Col. Centro
Valladolid, Yucatán, México.
















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