Por Marco MARÍN López Lira
Hubo un tiempo en que septiembre no necesitaba anunciarse.
Llegaba solo.
Se asomaba en las primeras banderas colocadas sobre las ventanas, en las calles cubiertas de papel picado, en los mercados llenos de colores y en las cocinas donde comenzaban a prepararse los sabores de una celebración esperada durante todo el año.
México se vestía de verde, blanco y rojo.
Pero no eran solamente colores.
El verde parecía contener nuestros campos, montañas y selvas. El blanco representaba esa esperanza de paz que tantas veces hemos perseguido. Y el rojo llevaba consigo la sangre, la pasión y la memoria de quienes imaginaron que esta tierra podía ser libre.
La noche del 15 de septiembre, las familias se reunían alrededor de una mesa o frente a una plaza. Había pozole, tostadas, tamales, mole, música, cohetes y niños corriendo con una bandera entre las manos.
Y a las once de la noche, una campana conseguía algo extraordinario: por unos minutos, millones de personas se reconocían como parte de una misma historia.
No importaba si alguien había nacido en Chiapas, Sonora, Jalisco, Veracruz, Yucatán o la Ciudad de México. El Grito pertenecía a todos.
El 16 de septiembre no era solamente un día de descanso.
Era un verdadero día nacional.
Se esperaba con emoción porque representaba algo más profundo que una ceremonia oficial: era la oportunidad de sentir que, a pesar de nuestras diferencias, existía una palabra capaz de reunirnos.
México.
Pero algo ha cambiado.
En las últimas décadas, aquel orgullo parece haberse debilitado. La celebración permanece, las plazas se llenan, los edificios se iluminan y las banderas siguen ondeando; sin embargo, en algunos lugares la forma parece haber comenzado a ocupar el espacio del sentimiento.
Decoramos México, pero no siempre lo reconocemos.
Gritamos su nombre, pero durante el resto del año olvidamos cuidarlo.
Nos ponemos un sombrero, escuchamos mariachi y levantamos una bandera, pero al día siguiente volvemos a desconfiar de nosotros mismos, a despreciar lo nuestro o a creer que todo lo que viene de fuera necesariamente es mejor.
Quizá no perdimos el orgullo de ser mexicanos.
Tal vez dejamos de alimentarlo.
Porque el orgullo nacional no nace únicamente de recordar a los héroes de la Independencia. También se construye cuando valoramos a nuestros artesanos, compramos a nuestros productores, respetamos nuestras lenguas indígenas, cuidamos nuestros paisajes y reconocemos el talento de quienes todos los días hacen grande al país sin aparecer jamás en una ceremonia.
Está en las manos de una mujer que borda la historia de su comunidad.
En el campesino que trabaja la tierra.
En las familias cafeticultoras que cultivan nuestras montañas.
En el cocinero que conserva una receta heredada durante generaciones.
En la música, la arquitectura, la literatura, el cine, la ciencia y en cada mexicano que, dentro o fuera del país, lleva consigo una parte de esta tierra.
México no es solamente una fecha.
Es una memoria compartida.
Es el olor del maíz sobre el comal, el sonido de una marimba en Chiapas, una canción ranchera que conocemos aunque nadie recuerde cuándo la aprendimos, una plaza iluminada y una abuela que prepara el mismo platillo que aprendió de su madre.
México también es dolor, contradicción y deuda.
Amar al país no significa cerrar los ojos ante sus problemas. El verdadero orgullo no consiste en pensar que somos perfectos, sino en saber que esta nación merece algo mejor y asumir que nosotros también somos responsables de construirlo.
Por eso, esta noche del 15 de septiembre, antes de pronunciar las palabras que repetimos cada año, quizá deberíamos detenernos un instante.
Mirar nuestra bandera.
Recordar de dónde venimos.
Pensar en todo lo que hemos recibido de esta tierra y preguntarnos qué estamos haciendo nosotros por ella.
Que el Grito no sea solamente ruido.
Que vuelva a ser memoria.
Que vuelva a ser identidad.
Que vuelva a recordarnos que México no se lleva únicamente en los colores de una noche, sino en la manera en que vivimos, trabajamos, respetamos y cuidamos lo nuestro durante todos los días del año.
Porque una nación no pierde su orgullo cuando deja de gritar.
Lo pierde cuando deja de reconocerse.
Y quizá ha llegado el momento de volver a mirarnos, con todos nuestros defectos y toda nuestra grandeza, para decirlo nuevamente con emoción, con conciencia y con esperanza:
¡Viva México!
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