Durante la tercera edición del Festival Gastrocultural Apapaxoa 2026, se realizo la entrevista a uno de los máximos referentes de la viticultura nacional, el enólogo y productor Hugo D’Acosta. En un ambiente marcado por la celebración de la gastronomía y la cultura, D’Acosta compartió su visión sobre la historia, los retos y el futuro del vino mexicano.
Entre el mito colonial y la realidad de las misiones
Al ser cuestionado sobre el supuesto retraso histórico en la producción de vino mexicano debido a restricciones virreinales, el enólogo lo calificó como “un bonito mito”. Si bien reconoció que existieron las presiones coloniales normales para desincentivar el cultivo de la uva, señaló que la distancia, la climatología y la propia fuerza de la época dictaron otro rumbo.
D’Acosta destacó que el camino de la uva en el país estuvo profundamente ligado a las misiones, la conquista y la evangelización. Recordó la ruta histórica que inició desde su llegada por Veracruz y Puebla hasta ascender hacia la Alta California y Napa, consolidándose como uno de los procesos migratorios y culturales más sólidos de la historia.
Los enigmas del terruño: El caso del Nebbiolo
Otro de los temas abordados fue la autenticidad de ciertas cepas en la región de Baja California, específicamente el Nebiolo mexicano. El especialista explicó que las variedades actuales probablemente ya no corresponden estrictamente a dicha denominación original. Sin embargo, recordó que durante la gestión de Esteban Ferro —destacado enólogo piemontés y colaborador de la vinícola Santo Tomás cuando el expresidente Abelardo L. Rodríguez era propietario— se introdujeron numerosas uvas de esa región italiana. Con el paso del tiempo y la constante búsqueda de innovación, se realizaron diversas mezclas de plantas, un fenómeno común en el mundo vitivinícola global donde los nombres tradicionales a veces trascienden la genética exacta de la uva.
Retos para el crecimiento del consumo interno
Al reflexionar sobre qué faltaba para incrementar el índice de consumo per cápita de vino mexicano, D’Acosta señaló tres aspectos fundamentales:
*Reconocimiento agrícola: Era indispensable que las autoridades comprendieran que la viticultura tiene una base agrícola muy sólida, la cual incluye procesos de transformación que deben ser impulsados de manera integral.
*Poder adquisitivo y fiscalidad: El país requería una mayor capacidad de compra y políticas impositivas menos agresivas hacia el sector.
*Consumo cotidiano: El vino debía dejar de verse como un artículo exclusivo y entenderse como una bebida cotidiana que acompañara la vida diaria de los mexicanos.
Para el enólogo, el ingrediente principal del vino mexicano no era la uva ni un estilo determinado, sino los propios consumidores: sentirse orgullosos de compartirlo, integrarlo con la cocina y asumirlo como parte de la identidad nacional.
Experiencia en Apapaxoa y la responsabilidad generacional
D’Acosta expresó su profunda gratitud y motivación tras su participación en el festival Apapaxoa 2026, resaltando la solidez y vigencia de la masa de cocineros mexicanos y extranjeros reunidos en el evento. Asimismo, al ser considerado un referente mundial de la gastronomía y el vino, admitió sentir una mezcla de alegría y una gran responsabilidad.
Explicó que a su generación le tocó recuperar una viticultura que estaba “abollada” y sin el valor merecido. Por ello, consideraba vital heredar bases sólidas a las nuevas generaciones, fomentando mejores viticultores, mayor penetración de mercado, enólogos dedicados a la academia pero sobre todo activos en la producción, y recordando que la consolidación de la uva requería tiempo.
La expansión de nuevas regiones y la identidad del vino
Sobre el surgimiento de nuevas zonas vitivinícolas en estados como Guanajuato y Querétaro, el enólogo las calificó de muy positivas. Señaló que cada región estaba llamada a construir su propia personalidad a partir de su entorno climático y social. Mientras Baja California reflejaba un estilo costero, de vida y convivencia diaria, Querétaro apostaba por una agricultura de mayor volumen y corporativa. Su principal consejo para estas nuevas regiones fue “atreverse a explicarse en primera persona”, mostrando su verdadera esencia sin temor.
Finalmente, al reflexionar sobre el potencial turístico y gastronómico de la península de Yucatán en comparación con Baja California, D’Acosta destacó la enorme diversidad marina de la región y la importancia de un diálogo horizontal, donde los visitantes estuvieran dispuestos a probar y los locales a enseñar sus saberes. Concluyó definiendo su color representativo como el rojo —por la pasión y la sangre del vino— y agradeció la hospitalidad de sus anfitriones.
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