Tuve un par de días muy duros al enterarme de la noticia, y más con con el desenlace, esperando en un profundo y oscuro rincón de mi, que esto no fuera el fin, sino un inicio.
Nunca había cabido en mi en modo tan directo, la angustia ajena, la incertidumbre compartida, ni el dolor inmenso ante la partida de Norberto Ronquillo.
Ya no se trataba de autoridades, ni de eficacias, era vilmente alguien escogido al azar, vulnerado, vejado y brutalmente privado de condición humana alguna, al que le robaron la vida, un palmo de hijos de puta.
Era muy joven, y eso me duele mucho, pero me trastorna más el sentir de los que deja, los que se quedan aquí sintiendo su partida, la impotencia, el desasosiego, el profundo e inmenso llorar de la ida de Norberto, eso, en mi alma de padre de dos hijos, es irreparable.
Lo pensé bien antes de escribirlo, y honestamente en tinta pongo, que todos somos responsables de que un chamaco tan bien hecho se nos haya ido, por lerdos, por complacientes, por ser como sociedad tan ignorantes, por permitir que en cada uno de nuestros días, éste sea un caso aislado, hasta que no sea, uno de nuestros hijos…
A la familia de Norberto, mi empatía profunda, mi enojo absoluto, y una oración al cielo.
Por MARIO PAOLO ALCÁNTARA
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